domingo, 15 de septiembre de 2013

I - Chillán, 13 de febrero de 2014

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No tenía la menor idea de cómo podía pasar, pero aquello ocurrió. Su vida era tan tranquila y normal que no se podía convencer de nada. ¿Había sido real? Se cuestionaba una y otra vez, creyendo estar en un sueño. Un horrible sueño. Quería despertar, negar todo y volver a su vida anterior. Una vida fácil, sencilla, reiterada… entendible. Aquello era algo que no podía comprender. Tampoco podía imaginar las consecuencias de este incidente. Federico había sido tan sólo el primero.

¿Qué mierda pasa?  —Exclama Federico desorientado y muerto de susto.

Sostiene la cámara en su mano izquierda, una escoba en la derecha. Graba algo que no aparece en su cámara. La grabación no registra nada anormal. Pero sus ojos observan a lo lejos una silueta extraña. No es una persona, por cierto, tampoco un animal. ¿Un fantasma? Aquella silueta no emitía luz, sin embargo, por alguna extraña razón Federico sabía que se encontraba ahí. No era captada por la cámara, sin embargo él la podía ver. Había poca luz, sin embargo sus ojos adivinaban la silueta fácilmente. Cuando la veía no tenía forma, pero en su mente conocía muy bien esa figura. Aquello era algo espeluznante.

—Conchesu...

La figura extraña estaba en el patio de su casa. Federico, apoyado en la ventada de su habitación, ubicada en el segundo piso, intentaba grabar aquello que sus ojos no podían explicar. Aquello se movía lentamente, dando vueltas en su patio, paseándose tranquilamente por el pasto, sin despertar siquiera a Don Elías, el perro guardián de la casa. De pronto nuestro hombre escuchó que en la calle, un gran bullicio se formaba. ¿Qué será ese ruido? ¿Será que en toda la calle pasa lo mismo?

Pasaje Río Bureo es una vía tranquila. Normalmente sólo se ven algunos niños jugando sobre el cemento, un par de autos de los que allí habitan (uno de ellos es el de Federico), y dos flaytes amigos de los residentes, vigilando el pasaje. Precisamente esos dos personajes —Juan y Bryan— estaban fumando mientras caminaban por el pasaje, cuando vieron una luz que destelló en el cielo, muy cerca de ellos. De primera no reaccionaron, pero esa luz se acercaba a ellos. Echaron a correr, pero, al voltear la vista, lograron advertir que un objeto destellante se estrellaba en medio del pasaje, al frente de la casa de Federico. Luego les pareció ver una silueta que corrió desenfrenadamente y se escondió. Asustados, fueron a buscar a algunos amigos. Mientras tanto, Federico se había asomado por la ventana, a vigilar un ruido que había oído. Bryan y Juan llegaron acompañados de varios jóvenes, armados con bates, palos de escobillón y algunos machetes. El objeto antes destellante era ahora una masa incolora. Apenas podían distinguirlo. Su tamaño era similar al de un auto. Varios vecinos espiaban desde sus ventanas.

—¡Federico!, ¿Estás ahí? —Le gritó Bryan.

—¡Silencio! ¡Hay algo extraño en el patio de mi casa!

Los jóvenes juntaron valor y entraron como tropel cuando Federico abrió el portón que conectaba a su patio. Inmediatamente identificaron la figura que se movía, intentando escapar, pero ellos lo siguieron. Eran más rápidos. La silueta parecía herida. El primero que logró alcanzarlo llevaba un palo de escobillón y lo golpeó en lo que parecía ser una extremidad. Un gas verde comenzó a salir de la silueta, mientras iba perdiendo la forma con cada golpe que los jóvenes le propinaron. Lo que quedó en el suelo fue un trozo irreconocible y deforme de un material muy extraño, apenas identificable, mientras que el gas se condensaba y caía sobre los muchachos. Muchos de ellos quedaron manchados de un verdor espeso y musgoso.

—¿Qué chucha era esa weá?

Todos los asistentes quedan mudos unos segundos. Uno de ellos toma los restos de la silueta. Entonces la lleva a un diario. Federico se queda despierto toda la noche. Algunas personas se llevaron el objeto que calló del cielo —Se dividió en varios fragmentos— a sus casas. Se rumorean muchas cosas en el pasaje Río Bureo. Una radio toma el asunto seriamente y transmite el testimonio de uno de los jóvenes. Otras emisoras ignoran el hecho. Algunas fotos se filtran en internet. El diario local publica al otro día tan sólo las fotos de una “extraña criatura”. Mientras tanto, en internet, las personas ligadas al ocultismo se deleitan proponiendo explicaciones muy complejas. Aparece la noticia en ChileTVisión. En algunas cadenas internacionales se difunde un video que en internet se hace viral. A la semana pocos se acuerdan. La explicación oficial nunca detalló nada sobre la criatura, sólo mencionó “se realizarán investigaciones”.

Federico pasó toda esa semana recibiendo a periodistas, cazadores de ovnis, personas ligadas a temas oscuros, curiosos, personajes de la política y hasta un psicólogo que le ofreció “tratamiento”. Pero unas extrañas personas estuvieron rondando todos esos días. Sacaban fotos, recorrían el lugar cada hora, hablaban entre ellos despacio y usaban auriculares frecuentemente. Se vestían muy formalmente, mostrando un terno color azul marino, pantalones negros, camisa celeste, corbata azul oscura y extraños lentes polarizados. Eran todos tan parecidos que nadie podía identificarlos. Solamente eran llamados “hombres azules” por los pobladores. Parecían ser extranjeros, pero nadie había podido conversar con ninguno. Aparecían repentinamente y nadie se daba cuenta cuando se iban, ni la dirección de la que provenían. Simplemente se esfumaban.

Chillán, 21 de Febrero de 2014

Pasada la semana, poca gente venía a la casa de Federico. Entonces un día, ningún afuerino apareció. Un hombre azul estaba mirando fijamente la puerta de la casa de Federico, y cuando este abandonaba su hogar para ir al trabajo, le habló, despacio pero con firmeza:

—¿Crees que exista vida fuera de nuestro planeta?

Federico volteó la vista, y si no fuera porque estaba con los minutos justos, le hubiera respondido de otra forma. Sólo alcanzó a exclamar:

—¿Y yo qué voy a saber?

El hombre no reaccionó. Pareciera como si estuviera esperando la respuesta. Sabía que Federico ya estaba cansado de hablar con gente todas las mañanas antes del trabajo. Podía comprender perfectamente su reacción. Por esta razón, no quiso detenerlo, sólo dejó que se fuera. Pero, cuando Federico abrió la puerta de su auto, el hombre exclamó con una sonrisa en el rostro:

—Si quieres saber, no dudes en preguntarnos. Sabes quienes somos.

Federico le levantó el dedo del medio. No estaba para bromas. A él no le gustan esas cosas. Él es un hombre que prefiere las cosas cotidianas, normales. Las rutinas, los rituales de todos los días, son el centro de su atención. Hasta los acontecimientos importantes de su vida no son más que reiteraciones de eventos para nada extraordinarios: cumpleaños, juntas con sus amigos, ir a comer fuera de casa, carretes, ir a visitar a sus padres, viajar fuera de Chillán, a las termas o la playa… nada fuera de lo que cualquier chillanejo haría. El hombre azul tenía la vista extraviada en el cielo, así que no logró ver el gesto de Federico. Luego, dio media vuelta cuando él encendió el motor de su vehículo, perdiéndose en una caminata sin dirección.

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