Mostrando entradas con la etiqueta Nosotros y los otros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nosotros y los otros. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de septiembre de 2013

II - Concepción, 21 de febrero de 2014

Índice

Ángel estaba sentado en un sillón del living. El silencio envolvedor de esa habitación fue quebrado estrepitosamente por sus palabras.

—Abuelo, quiero conocer a seres de otros planetas, que me enseñen cosas nuevas para poder innovar y transformar el mundo. No quiero que todo siga siendo como es ahora, hay mucho que cambiar.

—Estos jóvenes de hoy y sus cosas extrañas. Sólo quieren llevarle la contra a todo.

—Estos ancianos de hoy están muy acostumbrados a las cosas que cambiaron cuando eran jóvenes, por eso hoy no anhelan el cambio: Ya lo vivieron.

—¿A quién crees que le estás hablando, chiquillo insolente?

Ángel no sabía cómo comportarse frente a los padres de su novia. Él no era capaz de comprenderlos. Ellos, tampoco podían entender a su extraño yerno. Siempre tan soñador y fantasioso, imaginativo e ingrato, descontento de todo, nada le parecía una mala opción. No lo podían soportar.

Sus continuas discrepancias con los padres de su novia eran motivo de súbitas peleas con Lucía. Un par de veces acabaron su relación solamente por aquella razón. Esta vez no sería la excepción. Después de que el padre pronunciara sus palabras, Lucía dirigió una mirada fulminante a su novio. Ángel se levantó y se fue, cerrando la puerta bruscamente, sin despedirse de nadie. Cuando llegó a la esquina, dio vuelta la vista y vio a su novia. Una fuerte discusión terminó por quebrar su frágil vínculo de amor.

Se propinaron de todo. Y aunque ambos se arrepentían luego fuertemente, ninguno fue capaz de alzar la voz. En silencio, Ángel tuvo que irse solo al terminal para volver a Chillán.

Vino gran parte del camino susurrando: “Disculpa. Por favor, discúlpame”. “Perdóname por ser tan gruñona. Te amo.” — Tecleó Lucía en su celular. Era un mensaje que enviaría a Ángel. No se atrevió a presionar “enviar”. Ángel pasó todo el trayecto esperando un mensaje de ella. No era capaz de escribir algo. Le daba vergüenza, pero al mismo tiempo, rabia. El néctar de durazno que había comprado para el trayecto le pareció amargo. Al terminar de bebérselo –a sorbetones- vertió su furia sobre el envase. Al apretarlo fuertemente, unas pequeñas gotas de líquido salieron expulsadas de la bombilla, cayendo sobre sus mejillas. Ese líquido representaba las lágrimas que era incapaz de derramar, sólo porque no quería que alguien lo viera sollozar, en silencio, solitario, con furia, con arrepentimiento.

Intentando pensar en otro tema, para calmar sus nervios y tranquilizar su corazón, miraba melancólico la ventana. Afuera, un clima torrencialmente lluvioso llenaba los vidrios con gotas de agua, gotas que luchaban por permanecer pegadas al bus; el empuje incontrolable del vehículo chocaba con el viento, arrastrando inexorablemente aquellos minúsculos bolsones acuosos. Aparte de ese espectáculo físico, poca cosa se podía ver a través de los cristales empañados. Estaba oscureciendo. Llovía por todas partes. El terreno parecía siempre tan monótono. Era la misma vista que ya conocía casi de memoria, el trayecto que seguía todas las semanas. Por esa razón, Ángel exclamaba, con su mirada perdida, que ocurriera algo nuevo, algo que lo intrigara y le erizara la piel.

Antes de llegar a la Celulosa Vieja Aldea, Ángel ya se estaba resignando a pensar que nada extraño pasaría. De pronto, una luz roja en el cielo. ¿Qué podría significar? Una vista espectacular, un destello alejado. ¿Parpadeaba? No. Se volvía más intenso. ¿Qué cosa podía ser eso? ¿Un meteorito? Otras personas que estaban en el lado derecho del bus se percataron de la escena. Otros dormían. Nadie se asustaba. Sólo cuando comenzó a escucharse, primero a lo lejos, un chillido intenso, algunos rumores aparecieron. Cuando ese sonido era tan fuerte que parecía estar por encima del bus, varios pasajeros se preguntaban en voz alta “¿Qué suena?”. “Mami, tengo miedo”, dijo una dulce voz. Ese chillido era tan fuerte que una mujer empezó a gritar desconsoladamente, hasta que un corto flash encegueció a todo el mundo. Algo había aterrizado al costado izquierdo del bus. “Un meteorito” exclamaron algunos, casi a coro.

Era un Ovni. Ángel estaba seguro. El bus no paró, muchas personas siguieron muy impacientes, preguntándole al auxiliar qué había ocurrido —Como si él pudiera tener más información—. Era eso lo que Ángel esperaba. Llegaría a su casa rápidamente para buscar en internet información sobre lo ocurrido. Sólo podía fantasear sobre la apariencia de ellos. Lamentaba no haberle pedido al chofer que se detuviera para ir a echar un vistazo. Acababa de descubrir que, después de todo, no era tan valiente.
                                                   
Chillán Viejo, 21 de Febrero de 2014.

Ángel no podía evitar pensar en aquél episodio mientras ingresaba a un Chillán Viejo inalterable, eterno. Imaginaba que ellos le permitían hacerles unas preguntas a cambio de ayuda. Ángel no lo dudaría: les preguntaría cómo la humanidad puede mejorar. Siempre había sido así, un soñador, un maldito e inútil soñador. Todo parecía indicar que no sería capaz de cumplir con su sueño, pero, este incidente le dio una nueva razón para creer que podría realizarlo: Sólo quería conocer tecnología extra-terrestre. En fin, Ángel era alguien cambiante y creativo, receptivo a un cambio tan radical como el que se produciría.

Todavía llovía cuando Ángel llega a su casa. Su corazón se sentía como el clima de la intemperie. Saludó a su familia y se dirigió a su pieza. En su notebook buscó información al respecto. Nada. Tendría que esperar, pero nada le daba confianzas. Su pieza se veía tan solitaria. Faltaba una persona. Había silencio. Faltaba la respiración de alguien. Olía extrañamente cotidiano. No había ningún olor fuera de lugar.

Ángel no quiso más que ver algo, una película quizás, o leer una novela. Se decidió por lo segundo. Tomó una bolsa de papas fritas que había comprado para compartirlo con la que hasta esta mañana era su novia. La abrió. Empezó a degustarlas. Ese sabor salado, ¿era por las lágrimas o por las frituras que llevaba continuamente a su boca?

De pronto, escuchó un sonido en el tejado. Siguió leyendo. Cuando ese sonido se repitió, empezó a preocuparte. Parecían golpes sobre su pieza, parecían exclamaciones, parecían pisadas. ¿Sería algún ladrón? Ángel se levantó. El ruido parecía más intenso, más extraño, más enigmático, más atrayente. Una especie de coro gregoriano se oía a lo lejos cuando Ángel vio que su ventana se abría, dejando entrar una ráfaga de aire, cada vez más fuerte. No entraba el viento solo, sino que también parecían hacerse presentes unos destellos pequeños, incandescentes, pero de baja intensidad. Esos destellos se movían juguetones por toda la habitación, hasta que comenzaron a unirse, tomando forma.

-¿Un… un… án… án… án… ángel?- susurraba temeroso Ángel.

Algo increíble apareció frente a sus ojos. Una criatura extraña, brillante, apenas identificable, estaba en su pieza. Ángel no podía decir si él se encontraba de pie o si levitaba. Tampoco podía decir si estaba vivo, o al contrario, sólo era una luz muerta. Pero, independiente de sus dudas, Ángel sabía que él formaba parte de ellos. Era lo que tanto ansiaba. Su corazón se sentía contento, alegre, receptivo. Ahora era otra persona; y quizás, ya no sería nunca más persona.

Nosotros y los otros

Esta novela la estoy haciendo de a poco y quiero ir compartiéndola a medida que la vaya terminando. En este post, encontrarás los links a los diferentes capítulos que la componen. ¡Espero la disfrutes al leerla tanto como yo al ver cómo va tomando forma!

ÍNDICE

domingo, 15 de septiembre de 2013

I - Chillán, 13 de febrero de 2014

Índice

No tenía la menor idea de cómo podía pasar, pero aquello ocurrió. Su vida era tan tranquila y normal que no se podía convencer de nada. ¿Había sido real? Se cuestionaba una y otra vez, creyendo estar en un sueño. Un horrible sueño. Quería despertar, negar todo y volver a su vida anterior. Una vida fácil, sencilla, reiterada… entendible. Aquello era algo que no podía comprender. Tampoco podía imaginar las consecuencias de este incidente. Federico había sido tan sólo el primero.

¿Qué mierda pasa?  —Exclama Federico desorientado y muerto de susto.

Sostiene la cámara en su mano izquierda, una escoba en la derecha. Graba algo que no aparece en su cámara. La grabación no registra nada anormal. Pero sus ojos observan a lo lejos una silueta extraña. No es una persona, por cierto, tampoco un animal. ¿Un fantasma? Aquella silueta no emitía luz, sin embargo, por alguna extraña razón Federico sabía que se encontraba ahí. No era captada por la cámara, sin embargo él la podía ver. Había poca luz, sin embargo sus ojos adivinaban la silueta fácilmente. Cuando la veía no tenía forma, pero en su mente conocía muy bien esa figura. Aquello era algo espeluznante.

—Conchesu...

La figura extraña estaba en el patio de su casa. Federico, apoyado en la ventada de su habitación, ubicada en el segundo piso, intentaba grabar aquello que sus ojos no podían explicar. Aquello se movía lentamente, dando vueltas en su patio, paseándose tranquilamente por el pasto, sin despertar siquiera a Don Elías, el perro guardián de la casa. De pronto nuestro hombre escuchó que en la calle, un gran bullicio se formaba. ¿Qué será ese ruido? ¿Será que en toda la calle pasa lo mismo?

Pasaje Río Bureo es una vía tranquila. Normalmente sólo se ven algunos niños jugando sobre el cemento, un par de autos de los que allí habitan (uno de ellos es el de Federico), y dos flaytes amigos de los residentes, vigilando el pasaje. Precisamente esos dos personajes —Juan y Bryan— estaban fumando mientras caminaban por el pasaje, cuando vieron una luz que destelló en el cielo, muy cerca de ellos. De primera no reaccionaron, pero esa luz se acercaba a ellos. Echaron a correr, pero, al voltear la vista, lograron advertir que un objeto destellante se estrellaba en medio del pasaje, al frente de la casa de Federico. Luego les pareció ver una silueta que corrió desenfrenadamente y se escondió. Asustados, fueron a buscar a algunos amigos. Mientras tanto, Federico se había asomado por la ventana, a vigilar un ruido que había oído. Bryan y Juan llegaron acompañados de varios jóvenes, armados con bates, palos de escobillón y algunos machetes. El objeto antes destellante era ahora una masa incolora. Apenas podían distinguirlo. Su tamaño era similar al de un auto. Varios vecinos espiaban desde sus ventanas.

—¡Federico!, ¿Estás ahí? —Le gritó Bryan.

—¡Silencio! ¡Hay algo extraño en el patio de mi casa!

Los jóvenes juntaron valor y entraron como tropel cuando Federico abrió el portón que conectaba a su patio. Inmediatamente identificaron la figura que se movía, intentando escapar, pero ellos lo siguieron. Eran más rápidos. La silueta parecía herida. El primero que logró alcanzarlo llevaba un palo de escobillón y lo golpeó en lo que parecía ser una extremidad. Un gas verde comenzó a salir de la silueta, mientras iba perdiendo la forma con cada golpe que los jóvenes le propinaron. Lo que quedó en el suelo fue un trozo irreconocible y deforme de un material muy extraño, apenas identificable, mientras que el gas se condensaba y caía sobre los muchachos. Muchos de ellos quedaron manchados de un verdor espeso y musgoso.

—¿Qué chucha era esa weá?

Todos los asistentes quedan mudos unos segundos. Uno de ellos toma los restos de la silueta. Entonces la lleva a un diario. Federico se queda despierto toda la noche. Algunas personas se llevaron el objeto que calló del cielo —Se dividió en varios fragmentos— a sus casas. Se rumorean muchas cosas en el pasaje Río Bureo. Una radio toma el asunto seriamente y transmite el testimonio de uno de los jóvenes. Otras emisoras ignoran el hecho. Algunas fotos se filtran en internet. El diario local publica al otro día tan sólo las fotos de una “extraña criatura”. Mientras tanto, en internet, las personas ligadas al ocultismo se deleitan proponiendo explicaciones muy complejas. Aparece la noticia en ChileTVisión. En algunas cadenas internacionales se difunde un video que en internet se hace viral. A la semana pocos se acuerdan. La explicación oficial nunca detalló nada sobre la criatura, sólo mencionó “se realizarán investigaciones”.

Federico pasó toda esa semana recibiendo a periodistas, cazadores de ovnis, personas ligadas a temas oscuros, curiosos, personajes de la política y hasta un psicólogo que le ofreció “tratamiento”. Pero unas extrañas personas estuvieron rondando todos esos días. Sacaban fotos, recorrían el lugar cada hora, hablaban entre ellos despacio y usaban auriculares frecuentemente. Se vestían muy formalmente, mostrando un terno color azul marino, pantalones negros, camisa celeste, corbata azul oscura y extraños lentes polarizados. Eran todos tan parecidos que nadie podía identificarlos. Solamente eran llamados “hombres azules” por los pobladores. Parecían ser extranjeros, pero nadie había podido conversar con ninguno. Aparecían repentinamente y nadie se daba cuenta cuando se iban, ni la dirección de la que provenían. Simplemente se esfumaban.

Chillán, 21 de Febrero de 2014

Pasada la semana, poca gente venía a la casa de Federico. Entonces un día, ningún afuerino apareció. Un hombre azul estaba mirando fijamente la puerta de la casa de Federico, y cuando este abandonaba su hogar para ir al trabajo, le habló, despacio pero con firmeza:

—¿Crees que exista vida fuera de nuestro planeta?

Federico volteó la vista, y si no fuera porque estaba con los minutos justos, le hubiera respondido de otra forma. Sólo alcanzó a exclamar:

—¿Y yo qué voy a saber?

El hombre no reaccionó. Pareciera como si estuviera esperando la respuesta. Sabía que Federico ya estaba cansado de hablar con gente todas las mañanas antes del trabajo. Podía comprender perfectamente su reacción. Por esta razón, no quiso detenerlo, sólo dejó que se fuera. Pero, cuando Federico abrió la puerta de su auto, el hombre exclamó con una sonrisa en el rostro:

—Si quieres saber, no dudes en preguntarnos. Sabes quienes somos.

Federico le levantó el dedo del medio. No estaba para bromas. A él no le gustan esas cosas. Él es un hombre que prefiere las cosas cotidianas, normales. Las rutinas, los rituales de todos los días, son el centro de su atención. Hasta los acontecimientos importantes de su vida no son más que reiteraciones de eventos para nada extraordinarios: cumpleaños, juntas con sus amigos, ir a comer fuera de casa, carretes, ir a visitar a sus padres, viajar fuera de Chillán, a las termas o la playa… nada fuera de lo que cualquier chillanejo haría. El hombre azul tenía la vista extraviada en el cielo, así que no logró ver el gesto de Federico. Luego, dio media vuelta cuando él encendió el motor de su vehículo, perdiéndose en una caminata sin dirección.